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CUENTO DE NAVIDAD
Ultima actualización: 2/1/2005 18:56:25 por Irribe
Sucedió en Lekeitio hace treinta y pico años, en el lugar que llaman La Tala, cerca de la Cruz.
Un muchachillo a pantalón corto y calzoncillo enseñando, como se llevaba entonces, pasó como todas las tardes por allí camino del Tinglao, con su pita enrollada en un corcho y su salazón, con la intención de pescar algunos pantxitos.

En La Tala pescaban los mayores y muy buenos, con sus cañas de colores y carretes de última generación. En el Tinglao pescaban los muchachillos con su hilo, aprendices de marinos, soñando con surcar los mares sobre olas de ilusión.

Sin saber bien por qué (tal vez se pensó mayor), aquel día el muchachillo se detuvo en La Tala, desenrolló la pita de su corcho, colocó un poquito de salazón en el anzuelo (en realidad un cacho de antxoa podrida capturada en un contenedor de basura de los que había a las puertas de las conserveras) y lo echó al mar por ver qué pasaba.

Pasó que al instante notó que picaban, y recogió la pita con la destreza de quien jamás ha tenido una caña de colores con un carrete de última generación. Subía un salmonete enorme, tal vez de media libra, todo naranja y todo plata. Pero quiso el viento que su pita se enredara con la pita de una de esas cañas de colores. Se enpatxaron las pitas (al enredo de pita llamaban enpatxo) y el salmonete se quedó colgando a media altura, entre el agua y la gloria.

Al instante apareció el propietario de la caña de colores y pensó el muchachillo: Le dará al carrete, subirá el salmonete, me lo dará (y pensó en la sonrisa de su amatxu mientras lo freía), y resolveremos el enpatxo como él quiera, pues no me importa perder mi aparejo si mi amatxu sonríe. Pero no. El muy envidioso cañero sacó una tijera de su cesta, y mientras cortaba el aparejo del muchachillo, le decía: Véte a pescar al Tinglao mocoso, que este sitio es para mayores.

El salmonete, con anzuelo, plomos y pita se deslizó hacia el mar. Adiós al salmonete, todo naranja y todo plata y... a la paga de tres o cuatro semanas (un anzuelo y dos plomos).

El muchachillo siguió su camino hasta el Tinglao. Se sentó en el morrillo con sus pies descalzos colgados al mar, y mientras volvía a armar el aparejo con su anzuelo y sus plomos, juró subre las olas que antes fueran su ilusión: Cuando yo sea mayor ningún muchachillo se quedará sin su salmonete todo naranja y todo plata. Ningún muchachillo se quedará sin su ola de ilusión.

Venida la noche volvió el muchachillo a su casa y su amatxu le preguntó: ¿Qué traes hoy?.

Estos pantxitos, le dijo el muchachillo.

La amatxu sonreía mientras los freía. Y el muchachillo la miraba navegando sobre su ola de ilusión.
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